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Mi abuelo

Despedirse de alguien siempre es difícil pero lo es más cuando sabes que no vas a volver a verlo.

Pero, ver morir a alguien, sentir esa descarga de adrenalina de saber que tienes que correr por él y la impotencia que genera el saber que inevitablemente y por más que corras ese va a ser su momento es horrible.

Nunca había visto la muerte de cerca, siempre me tocó ver los cuerpos vestidos y arreglados en un féretro. Nunca había visto el rictus con el que alguien da sus últimos respiros: el viernes vi morir a mi abuelo.

Cada sábado religiosamente venían a comer a mi casa. Iba por ellos, los traía a la casa a comer y a veces cuando me sentía con suerte jugaba al dominó. De pasos lentos, con sus ideas, necio y mulo. Así era mi abuelo.

Fue militar y siempre vivió bajo esa idea: hacer las cosas bien, exactas, a la perfección. Amante de los libros que poco a poco fui robando. Un cocinero dedicado, como esos de antes; todo tenía que estar limpio, cortado, pelado, los sartenes debían estar en la lumbre y listos para empezar a cocinar.

Un abuelo amoroso, un hombre que iba compartiendo sus historias: buenas, malas, tristes, acongojantes, donde se salía con la suya o donde le hicieron ver su suerte. Nunca faltaban en su repertorio sus travesuras de niño, los regaños de su padre o sus aventuras dentro del ejército.

A ratos terco, a ratos huraño, otros más triste y deprimido pero siempre fuerte, siempre limpio, siempre de pie e indudablemente siempre bien vestido.

Mi abuelo me inculcó junto con mi padre el amor a la lectura. Compartiamos el gusto por Gabriel García Márquez y por Vargas Llosa. Él sabía que los libros que me diera no iban a regresar y supongo que eso fue como un pacto entre los dos. Él ya no los iba a leer y yo los iba a atesorar.

Creo que de él me viene ese amor por escribir. Recuerdo bien su facilidad para inventar historias y como lo animaba hacer eso. Al final y en sus alucinaciones soñaba con escribir un libro de todo eso que había soñado en la cama de hospital. Quizá y cuando pase el tiempo pueda recrear esa historia de ciencia ficción.

También fue mi mentor en la cocina. Recuerdo bien que a mis 12 años tuve que enfrentarme a la estufa por primera vez, siempre me guio y de vez en vez me regañaba por hacer mal las cosas. Pero al menos, nadie se puede quejar de que mi sopa de letras es mala.

En las fiestas era el que me enseñaba a bailar porque “algún día vas a tener a alguien con quien bailar y debes de disfrutar una fiesta” así que aprendí porque si no se enojaba cada vez que lo pisaba.

Le gustaba mucho que leyera en la misa, siempre la primera lectura o si el la leía, el salmo responsorial. Era un signo de gente educada eso de saber leer en público sin equivocarse. Su última lectura la hice yo.

Me quedo con su amor, con la última vez que lo vi vivo, con su mirada de felicidad y con sus palabras; me hace falta carácter.

Vivió y murió como se le dio su chingada gana. Murió exactamente en el momento que quiso: en su casa, dormido, con su familia. En paz.

Yo siempre presentí que el final estaba cerquita, a la vuelta de una cirugía, porque después de 91 años sólo te sientas a esperar una muerte digna.

Y aunque lo sabía bien, siempre duele despedir a una persona que significó y te enseñó tanto en la vida.

91 años, 68 casados con la misma mujer. 5 hijos, 10 nietos y 14 bisnietos. Una gran familia y un gran hombre. Ese fue mi abuelo.

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