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Acosa-mesta

Recuerdo tener como 4 años, estaba en el kínder y había un niño que siempre me seguía a todos lados. Recuerdo también que esa actitud me chocaba y que aunque mi abuelita (quien creo tenía una visión de su futura nieta foreveralone) le parecía chistoso yo lo encontraba repugnante. Era un niño gordo, alto, olía mal y tenía esa risa malvada, esa que se les hace a los niños que de seguro matan animales por mero deporte. Me chocaba cómo me veía y yo rodeaba por todos lados para no encontrármelo. Recuerdo también a ese niño de pelo chino, delgado, blanco y con una sonrisa linda. Que diferente hubiera sido si él me hubiera acosado a esa corta edad.

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El acoso es algo que me ha seguido, y antes de que crea usted que lo digo porque soy irresistible y exuberante. Creo que el acoso tiene su origen en ver a la otra persona como una víctima factible y como alguien que literal, no la va a hacer de pedo. Y yo aunque tampoco lo crea y en este punto me vale 3 hectáreas de verga lo que crea, lo soy. Recuerde que soy extremadamente callada, seria y que puedo pasar completamente desapercibida.

Cuando crecí recuerdo bien que había un niño que me peleaba, un día hasta nos hicimos de palabras y le dije con total seguridad que yo solita le partía la cara. No me gustaba (en ese momento) pero creo que, por el modo en el que me acosaba y me peleaba yo a él sí le gustaba. Hoy me arrepiento (nomás tantito) porque de grande no se puso nada despreciable.

Crecí, y en mis años mozos y juveniles sufrí algunos acosos. Recuerdo bien el del hombre que me topaba seguido y que se sentaba junto a mí en el camión para dibujar mujeres desnudas. Un día me dijo que imaginaba que era yo a la que dibujaba. Era el ser más despreciable del mundo pero nunca me pude mover del asiento. El par de veces que me lo topé decidí fingir demencia y voltear hacia otro lado. El miedo siempre me paralizó.

En la prepa sufrí cuando por azares del destino (por karma, culera) un ingeniero se enamoró de mí (o se obsesionó conmigo, vaya usted a saber)  y claro, me buscaba todos los días. Pasaba “casualmente” por mi casa a la hora que estaba haciendo la comida. Un día me encontró casual mientras cruzaba la calle y se quedó a platicar conmigo. Era la primera vez que sentía el interés de un hombre por mí (al menos de esa forma) y me asustaba mucho. Yo tendría 16 años y él de seguro unos 20. Terminé por esconderme y casi tirarme pecho tierra cuando lo veía pasar. Duró mucho tiempo haciendo guardia afuera de mi casa. Tiempo que, créalo o no coincidencias vagas, siempre comíamos algo quemado o bueno, muy tostado.

Nunca olvidaré su cara de lelo, su cabello lleno de gel que terminaba en una cola de caballo envidiable, su piel tan blanca que parecía transparente, su voz lenta, sus eternas playeras blancas con pantalones de mezclilla y esas botas de casquete que tenían suela extra, para verse más alto.

En la prepa también tuve un compañero que todos los días me decía que si quería ser su novia. Nunca supe si lo decía en serio o era sólo un juego pero la pregunta era obligada y mi respuesta era por demás tierna y conmovedora. NO. Si tan sólo hubiera sido mi amigo, ese chico moreno, de sonrisa bonita, llenito y de pelo chino el que me lo hubiera preguntado…

Siempre me ha incomodado el acoso. En primera porque nunca sé que hacer y en segunda porque creo, desde mi muy personal punto de vista y autoestima que nunca me he considerado una mujer “digna” de ser acosada.

Ahora de grande (bueno, de adulto contemporáneo) esa incomodidad al acoso sigue presente. Ya sea un alumno queriéndose pasar de listo y viéndome de reojo el escote o un tipo que usa el típico y mamón discurso de “necesito una maestra para que me enseñe” (si me dieran un peso cada vez que…)

Me pasa actualmente y por más que le doy vueltas me resulta muy desgastante aprender a manejar eso. Me incomoda, me hace sentir vulnerable y como siempre termino dándole la vuelta y escondiéndome de él. Por eso llevo una semana sin ir a la tienda de por mi casa porque simplemente me recuerda a ese niño gordo y feo que me espiaba en el kínder.

Tal vez me arme de valor y la próxima vez que vea a este tipo le diga que me deje en paz, quizá me cambie de casa y entierre mi identidad de maestra. O simplemente en un momento voy a aprender a vivir en paz con ese tipo de situaciones y a no prestarles tanta atención.

 

No lo sé, pero me decanto por la opción más pacífica.

O tal vez me consiga un novio, uno de cabello chino que me acompañe a la tienda. Pero, estoy pidiendo mucho.

 

Aunque, no está de más intentarlo ¿no quieres ser mi novio?

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