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Musa

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Tocan a la puerta

Él abre, la esperaba a las 2 como siempre, se le hizo tarde. Nada nuevo piensa, eso de la puntualidad no va con ella. Su perfume y su sonrisa sí; ese perfume distintivo que llena el aire, que se queda impregnado para dejar marca, la marca que siempre se queda en el estudio cuando se va.

¿Enamorado de alguien que huele bien y ríe mejor? Lo ha pensado, pero no. Esto es profesional y pasional. Ese profesionalismo de artista, esa pasión de alma incomprendida.

-Ese color resalta tus ojos, el verde de tu sueter

-Lo sé, por eso lo uso, hace que mis ojos brillen más y combina con los labios.

Los labios, esos labios, inmortalizar esos labios, llevar esos labios al lienzo y hacerles justicia. Trabajo difícil, complicado, pero no imposible. Los conoce bien, los ha besado tantas veces que los podría dibujar de memoria.

Ella conoce bien la rutina: se quita el suéter verde, la blusa, el pantalón, los zapatos se los deja, el piso siempre está frio, sigue el desfile de ropa hasta que se la quita toda. El pudor por el desnudo lo dejó en la primera sesión. Se le fue cuando él le dijo que había visto otros cuerpos, pero que el de ella encerraba una magia como el de ninguna otra de sus musas ¿o quiso decir amantes como ella?

Ya desnuda se sienta, él llega y hace lo mismo, se desnuda y empieza a pintar. El día de hoy toca el pecho. Él dice conocer la anatomía femenina, pero alega que un cuadro sale mejor cuando tiene a la musa frente a él. Un pretexto para desnudar mujeres piensa ella, pero lo calla, total, a ella no le molesta que también sus senos queden plasmados en el lienzo ni las mujeres que estuvieron antes.

Platican de cosas sin importancia, ella de vez en cuando se mueve, para fumar un cigarro ante la mirada inquisitiva del artista. “Una buena musa se queda inmóvil, aguantándose las ganas de fumar” su regaño predilecto.

Pasa la hora y entonces se cansan la mano y la musa y la tensión sexual crece, se hacen presentes las hormonas, el sudor y el deseo. El sexo hace su entrada triunfal. Se quitan los cuadros, los pinceles y el aroma del solvente abre paso a los aromas propios del acto. Gemidos, gritos, golpes y uno que otro beso aparecen en el estudio. Se reconocen, se estudian y se profundizan.

Él termina, la hace terminar. Se nubla la visión y se pierden las ganas. Los silencios están presentes hasta que él pregunta ¿un cigarro? Ella asiente, lo prende y se lo da, lo fuman entre los dos, es lo único que comparten, es lo único que los une.

Ella se limpia y se viste, aquí nada pasó. El retoma el pincel y da los últimos trazos del día.

¿La próxima semana a la misma hora?

Llego un poco tarde, el tráfico siempre me retrasa

Mentira, siempre la retrasa el pensamiento de estar enamorada de él, pero conforme avanza hacia el estudio se da cuenta que no, es solo una musa, él es solo un pintor, sólo comparten su amor al arte. Nada ni nadie los retiene, ni ellos ni sus deseos, ni su pasión.

Finalizan con un beso.

Se despiden como siempre, deseándose lo mejor.

Él regresa y prende un cigarro, da otras pinceladas, termina los trazos, se los sabe de memoria.

El aroma a ella sigue ahí, él piensa que el cuadro se vería mejor si pudiera pintar aromas.

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